desde afuera.
Encontró un pasadizo secreto dentro de la mansión Moretti.
Y al otro lado… alguien llamó tres veces.
Yo llegué a la cabaña empapada por la lluvia, con los zapatos llenos de lodo y el cuerpo tan cansado que apenas podía sostener las llaves.
Había terminado otro turno nocturno preparando la cena anual de los Moretti: cristalería, manteles blancos, plata pulida, flores importadas y hombres peligrosos hablando en voz baja detrás de puertas cerradas.
Durante tres años, mi única regla había sido mantenerme invisible.
Limpiar.
Servir.
No escuchar.
No