de Vincent, dejé de confiar incluso en mi propia sombra.
Y entonces llegó Isabel Torres.
Treinta y dos años. Cabello oscuro recogido siempre en un moño bajo. Ojos cansados. Manos de mujer que había trabajado demasiado desde muy joven.
La contraté para supervisar el personal de la casa.
No me gustó desde el primer día.
No porque hiciera algo mal.
Sino porque no parecía querer nada.
No pedía favores.
No preguntaba por las habitaciones cerradas del sótano.
No miraba dos veces los autos caros.
No intentaba agradarme.
Solo trabajaba.
Eso,