El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

encariñando con ella —dijo.

No lo negó.

No podía.

—Sí.

Su expresión se cerró.

—Eso me asusta.

—A mí también.

—No quiero que Sofia aprenda a amar a alguien que vive rodeado de peligro.

—Estoy cambiando eso.

—No se cambia una vida entera en meses.

—No.

Me giré hacia ella.

—Pero se empieza.

Isabel me miró con una mezcla de cansancio y algo más. Algo que ninguno de los dos quería nombrar.

—Mateo también decía que iba a salir —susurró.

—Yo no soy Mateo.

—No. Él era bueno.

Acepté el