encariñando con ella —dijo.
No lo negó.
No podía.
—Sí.
Su expresión se cerró.
—Eso me asusta.
—A mí también.
—No quiero que Sofia aprenda a amar a alguien que vive rodeado de peligro.
—Estoy cambiando eso.
—No se cambia una vida entera en meses.
—No.
Me giré hacia ella.
—Pero se empieza.
Isabel me miró con una mezcla de cansancio y algo más. Algo que ninguno de los dos quería nombrar.
—Mateo también decía que iba a salir —susurró.
—Yo no soy Mateo.
—No. Él era bueno.
Acepté el