Daniel pareció sorprendido.
Probablemente el Sebastian Reed que conocía no aceptaba fácilmente una puerta cerrada.
Yo tampoco.
Pero aquella no era una negociación empresarial.
—Vamos al hotel.
En el coche revisé las fotografías otra vez.
Theo.
La niña.
—¿Cómo se llama ella?
pregunté.
Daniel revisó.
—Lily Monroe.
Monroe.
No Reed.
Mi apellido no aparecía en ninguna parte.
—¿Quién figura como padre?
—No consta.
—¿Ningún nombre?
—Ninguno.
Miré por la ventana.
Clara había parido gemelos sola.
Los había registrado sola.
Los había llevado al médico sola.
Los había criado sola.
Yo