Y entonces lloré.
Mi mejor amiga, Julia, apareció desde la habitación contigua.
Los niños no venían con ella.
Gracias.
Me abrazó.
—Lo hiciste.
Yo lloraba contra su hombro.
—No sé qué hice.
—Te salvaste.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque todavía duele.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Así empezó el banquete de mi no-boda.
La gente no sabía cómo comportarse.
Al principio hablaban bajo.
Después alguien pidió vino.
La banda preguntó si debía tocar.
Dije que sí.
Mateo entró veinte minutos más tarde.
—¿Ya terminaron las cosas de adultos?