abracé.
Tres semanas después recibí una carta de Adrian.
No la abrí.
Se la di a Victoria.
—Léela tú.
Al día siguiente llamó.
—No contiene amenazas.
—¿Qué dice?
—Pide verte.
—No.
—También afirma que su madre lo presionó.
Me reí.
—Qué rápido.
—Dice que nunca habría ejecutado la transferencia.
—Entonces ¿para qué la preparó?
—Exactamente.
Su padre Robert me llamó.
Dudé.
Contesté.
—Elena.
—Señor Whitmore.
—Robert.
—Está bien.
—Quiero disculparme.
—Usted no hizo los documentos.
—No.
Pausa.
—Pero llevaba meses viendo que Adrian tenía problemas y preferí creer que los