—Hola.
—¿Cómo están los niños?
La pregunta me tensó.
—Bien.
—Me alegro.
Pausa.
—No pregunto más.
Lo agradecí.
Parecía distinto.
No necesariamente mejor.
Más pequeño.
Humanamente.
Ya no llevaba la ropa impecable.
—¿Tú?
pregunté.
—Bien.
—¿Tu madre?
—No hablamos mucho.
—Lo siento.
—No deberías.
Pausa.
—Estoy en terapia.
Casi respondí algo irónico.
No.
—Bien.
Nos despedimos.
No sentí nada romántico.
Eso me sorprendió.
Durante meses había temido que verlo hiciera regresar todo.
No.
Vi a un hombre que había ocupado una parte enorme de mi vida.
Y ya no vivía