ahora, cuando contesto, ya no hay súplicas susurradas.
Ni una respiración entrecortada.
Ni miedo.
Solo la voz de mi hija.
Clara.
Firme.
Libre.
«Feliz Pascua, papá».
Y, cada vez…
Contesto antes de que suene por segunda vez.
ahora, cuando contesto, ya no hay súplicas susurradas.
Ni una respiración entrecortada.
Ni miedo.
Solo la voz de mi hija.
Clara.
Firme.
Libre.
«Feliz Pascua, papá».
Y, cada vez…
Contesto antes de que suene por segunda vez.