Mi hija me llamó el Domingo de Pascua y me susurró: «Papá… él me ha hecho daño otra vez». Veinte minutos después, crucé la puerta principal de la mansión de mi yerno con una certeza absoluta: alguien dentro de aquella casa estaba a punto de decir la verdad, quisiera o no.

ahora, cuando contesto, ya no hay súplicas susurradas.

Ni una respiración entrecortada.

Ni miedo.

Solo la voz de mi hija.

Clara.

Firme.

Libre.

«Feliz Pascua, papá».

Y, cada vez…

Contesto antes de que suene por segunda vez.