de prisión sin derecho a fianza.
Antes de marcharse, Rocco se acercó a Emma. En la mano traía la pequeña bicicleta rosa, limpia y reparada, junto a una bolsa con comida fresca.
—Esta bicicleta es tuya —le dijo con voz suave—. Y nunca más tendrás que preocuparte por vender nada para cuidar a tu mamá.
Emma lo miró con los ojos muy abiertos y, sin pensarlo dos veces, dio un paso adelante y lo abrazó por la cintura.
El hombre más temido de la ciudad se quedó rígido por un