de acero. Quienquiera que hubiera tocado a esa niña y robado a esa familia escudándose en su nombre estaba a punto de descubrir el verdadero significado del miedo.
El trayecto por las calles oscuras duró apenas unos minutos. La niña se llamaba Emma, tenía siete años y llevaba días intentando vender lo que encontraba para comprar pan.
Llegaron a una casa descuidada, con la pintura descarapelada y la puerta principal colgando de una bisagra. No había luz. Al entrar, el eco de sus pasos resonó en un espacio desolado: los