y no se conformaba con dejarlo desde la hora en que salió del hospital con él.
Junto a ella estaba el padre.
Un hombre alto, de rostro pálido y ojos rojos por todas las noches que pasó despierto hasta tarde con su hijo en el hospital.
Lo extraño es que no estaba llorando.
Estaba quieto, como si no pudiera creer lo que había pasado.
Observó a los trabajadores cubrir el pequeño ataúd blanco con tierra.
Todo sucedió tan rápido que fue aterrador.
Hace apenas una semana, su hijo corría por