secó la mejilla. “Esa niña también lo era. Aun así, lo contó.”
Esa frase persiguió a Amelia durante todo el camino de regreso a la ciudad.
Cuando llegó a la prisión, el crepúsculo ya se cernía sobre el horizonte, tiñéndolo de púrpura. Había llamado con antelación para solicitar una reunión urgente con Mitchell, pero al entrar en su despacho, lo encontró de pie junto a la ventana, con el abrigo puesto.
“Tenemos a Reed”, dijo.
Mitchell se giró.
Amelia le habló de Karen Vale. La coartada falsa. La llamada anónima.