en el muro principal, junto a la entrada. Le sonreí y susurré:
«Lo he logrado, padre». Y el baile continuó… y la dignidad regresó al hogar.
Entonces comprendí que lo más valioso que había heredado no eran las tierras ni el dinero, sino la pasión por la belleza, el respeto por uno mismo y la capacidad de perdonar, sin olvidar
ni renunciar a los propios derechos. Esta es la verdadera herencia que nadie puede arrebatar.
Fin de la historia, gracias a Dios.