se iluminó la pantalla y en ella aparecía el nombre de Nancy.
Qué ganas de que llegue nuestro rato a solas autorizado. Por fin, se acabó el tener que andar a escondidas.
Me sentí como si me hubieran dado una bofetada. Ya sospechaba que sentían algo el uno por el otro, pero hasta ese momento me había aferrado a una creencia desesperada: que no habían hecho nada al respecto.
No estaba husmeando.
Sean era mi esposo.
Nancy era la amiga a la que llamaba cuando la vida me dolía.
¿Cuántas