que lo perdamos! —grité—. ¡No puedes vender a tu propia hija!
Me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Después de todo lo que he hecho por ti?
No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de mi padre.
—¡Me criaste porque eres mi padre! ¡Eso no significa que seas mi dueño!
Su rostro se puso rojo.
—Daniel vendrá aquí a las seis. Lo conocerás y te comportarás con respeto.
Se me heló la sangre.
—¿Va a venir aquí?
Mi padre asintió.
—Por eso te he traído.