soltó.
Me observó fijamente el rostro, como si estuviera buscando algo.
—Te pareces muchísimo a ella —susurró.
—¿A quién?
Ignoró mi pregunta.
Entonces me dijo algo que me heló la sangre.
—Durante diecinueve años he tenido que fingir que todo era normal. He sonreído durante las cenas familiares, he celebrado tus cumpleaños y he guardado un secreto que casi me ha destruido.
Busqué desesperadamente una forma de escapar.
—Papá, por favor. Sea lo que sea, podemos hablarlo en casa.
—No —respondió—. Tu madre nunca lo permitiría.
Se dirigió hacia el