blanca.
—¡Menos mal que todavía estás aquí! —dijo—. ¿Estás bien?
Se fijó en mis manos raspadas.
—Siento mucho lo que pasó.
—Estoy bien.
Me entregó la bolsa.
—Hay más sopa, un poco de pan y algo de dinero. Porfavor, acéptalo.
La miré.
—¿Por qué arriesgarte a meterte en problemas por un completo desconocido?
Su expresión se suavizó.
—Porque sé lo que es pasar por esto.
Me contó que, a los diecisiete años, se quedó sin hogar y pasó varios meses durmiendo en su coche.
Durante esa etapa tan difícil, una