murió cuando Emily apenas tenía dos años.
Desde aquel día, mi hija se convirtió en todo mi mundo.
Trabajé en dos empleos, aprendí a hacerle trenzas, asistí a todas sus actuaciones escolares y me prometí a mí mismo que, pasara lo que pasara, jamás permitiría que se sintiera abandonada.
Pero nunca imaginé que una sola tarde bastaría para que todo el mundo creyera que yo había hecho algo terrible a mi propia hija.
Todo ocurrió un domingo.
Emily quería visitar el río donde solíamos hacer pícnics cuando era más pequeña.