hacía recibía la misma respuesta.
“Esto es temporal”. “Es lo mejor”. “Lo entenderás más tarde”.
Tras horas de dolor y pánico, oí llorar a mi bebé.
Ya entonces comprendí lo suficiente. Me estaban escondiendo.
Me decía a mí misma que, una vez que naciera el bebé, tendrían que dejarme verlo. Quizá tomarlo en brazos. Quizá despedirme de él si me obligaban a darlo en adopción. Tenía 17 años. Aún creía que había límites a lo que la gente podía hacer.
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No los había.
Cuando empezó el parto, estaba sola