entendí quién eras.
Y que me alegra haber tenido el privilegio de conocerte.
Adrian.”
Elena dobló la carta.
No lloró.
No sintió necesidad de responder.
Simplemente la guardó.
No porque quisiera volver.
Sino porque algunas historias merecen un final digno.
Pasaron los años.
Elena nunca volvió a casarse inmediatamente.
Aprendió a viajar.
Aprendió a descansar.
Aprendió a decir no.
Aprendió que el amor no debía sentirse como una prueba constante.
Y, sobre todo, aprendió que una mujer no tiene que hacerse pequeña para que alguien más pueda sentirse grande.
Cinco