llorar.
—Lo siento mucho.
Bajó la cabeza.
—Yo estaba en aquella camioneta.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Por qué no dijiste nada?
Brandon respiró profundamente.
—Tenía quince años. Mi padre me dijo que, si hablaba, iría a prisión y mi madre perdería todo.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Me hizo repetir una historia falsa durante años.
Lo observé.
—Pero ya no eres un niño.
Brandon asintió.
—Lo sé.
Sacó una hoja de su carpeta.
—Por eso fui a la fiscalía esta mañana.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Entregué una