y el poder que había acumulado no servían de nada para comprar la paz de mi conciencia en ese instante.
Mi madre estiró su brazo tembloroso hacia mí, indicándome que me acercara.
—Aún estás a tiempo de ser el hombre que siempre quise que fueras, hijo mío —musitó con la voz apenas audible debido al cansancio acumulado—. No dejes que el orgullo te vuelva ciego.
Caminé lentamente hacia ellas, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada sobre la alfombra persa del despacho. Me arrodillé junto a la silla de ruedas,