hombre invulnerable que había sostenido con tanto celo.
Me incliné hacia adelante y tomé la mano de mi madre con ambas palmas, sintiendo la piel delgada y fría que tanto había evitado tocar por miedo a aceptar su inminente partida.
—Lo siento, mamá —susurré, dejando que una lágrima traicionera se deslizara por mi rostro—. Lo siento mucho por no haber estado aquí cuando me necesitabas.
Mi madre abrió ligeramente los ojos y me dedicó una sonrisa débil pero llena de una paz infinita que jamás le había visto.
—Ya estás