vida en la que él ya no hacía falta.
El hombre que entró en el salón se llamaba Julian Harrington.
No necesitaba presentación.
Aun así, durante unos segundos nadie dijo nada.
Julian era presidente de Harrington & Vale, una de las casas de joyería más antiguas de Estados Unidos.
La empresa organizaba aquel concurso para lanzar una nueva línea internacional y encontrar diseñadores emergentes.
También era mi esposo.
No desde hacía unas semanas.
Desde hacía casi dos años.
Noah corrió hacia él.
—¡Papá!
Julian lo levantó.
—Te estaba buscando, campeón.