—Por supuesto.
—Quiero verlos.
La seguridad de su rostro disminuyó apenas.
—Están en mi estudio.
—El reglamento exige documentación digital de desarrollo.
Uno de los jueces abrió la carpeta de participante.
—Aquí hay seis bocetos.
Los proyectaron.
Sentí algo todavía peor.
Conocía aquel trazo.
No era de Lily.
Era de mi madre.
Mi madre dibujaba las hojas con tres líneas rápidas.
La primera recta.
La segunda curvada.
La tercera siempre sobrepasaba ligeramente el borde.
Yo había pasado media infancia observándola.
—¿De quién son estos bocetos? —pregunté.
Lily me miró.
—Míos.