favor.
Aquella palabra sonaba extraña en él.
—¿Cuántas veces?
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Cuántas veces le diste cosas mías?
—Eso no…
—El brazalete.
Los cuadernos.
—Claire…
—¿Qué más?
Guardó silencio.
Lo entendí.
Había más.
—Dímelo.
—No recuerdo.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque esa era exactamente la respuesta.
Para mí eran recuerdos.
Para él, cosas tan poco importantes que ni siquiera recordaba haberlas regalado.
—Vete.
—No vine por Lily.
—No me importa por qué viniste.
—Vine por Noah.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—No utilices a mi