Esperaba que dijera Lo que queda también florece.
Negué.
—La más importante fue una que ya no existe.
—¿El brazalete de su madre?
—Sí.
—¿Por su valor sentimental?
Pensé.
—También porque me enseñó algo.
—¿Qué?
Miré mis manos.
Ya no llevaba brazaletes todos los días.
Pero aquella tarde sí.
En la muñeca tenía una pieza sencilla que Noah había diseñado en un taller infantil.
Era de plata.
Torcida.
Demasiado grande.
Perfecta.
—Me enseñó que algunas cosas no se reemplazan.
La periodista esperó.
—Y eso parece triste.
—Al principio lo fue.