otra. Y otra. Cada papel terminó frente a la persona correspondiente.
Al principio nadie entendió lo que estaba pasando. Hubo un silencio de confusión. Después empezaron a sumar y a leer los platillos. En menos de medio minuto, todos los adultos en la mesa tenían frente a ellos el resultado exacto y el costo de sus propias decisiones egoístas.
Mi cuñada levantó su cuenta con incredulidad, mirándome como si esperara que yo aclarara que todo era una broma.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz temblorosa.
—Lo que consumiste —respondí con