la televisión.
Entonces comencé a tener dificultades para oír las voces de mis nietos.
Durante los últimos dos años, apenas podía entender a Robert cuando me hablaba.
Años antes, los médicos me habían dicho que los audífonos comunes ya no eran suficientes.
Me había negado a someterme a más exámenes. Me aterraba volver a decepcionarme. Pero Robert nunca se había dado por vencido.
Durante meses, había estado contactando con especialistas, enviándoles los resultados de mis exámenes médicos anteriores e intentando averiguar si un implante especial podría ayudar a alguien con