te llamara.”
“Aparentemente.”
“Y así fue. Gracias a mi abuelo.”
“Y él te dijo que no lo hicieras, porque yo le dije que te lo dijera.”
Papá rió suavemente. Yo también. No porque fuera gracioso, sino porque la alternativa era demasiado grande como para mencionarla.
Doce años. Dos cartas. Dos personas esperando a que la otra diera el primer paso. Y el abuelo en medio, intentando cumplir dos promesas contradictorias.
“Éramos unos idiotas”, dije.
“Absolutamente.”
“¿Culpas al abuelo?”
Lo pensó. “No. Lo estaba intentando.”
“Nosotros también.”
“Mal.”
“Muy.”
El viejo