trabajó muchísimo.
Eso tampoco voy a negarlo.
Era inteligente.
Agresivo.
Excelente vendiendo.
Convirtió una compañía diminuta en una empresa conocida.
Empezó a aparecer en revistas.
Compró automóviles.
Entró en clubes privados.
Lo invitaban a cenas donde doce años antes ni siquiera habría conseguido una reserva.
La prensa empezó a llamarlo:
“El empresario que se hizo a sí mismo.”
Yo sonreía cada vez que lo leía.
Nunca corregí a nadie.
No quería que pensaran que Ethan había triunfado gracias a mi apellido.
Él merecía tener algo suyo.
Eso creía.
Hasta que