Cinco minutos después de divorciarme, mi padre me obligó a bloquear todas las tarjetas de mi exmarido

enorme.

—Isabella.

Sonrió.

—Espero que no haya resentimientos.

La miré.

—Ninguno.

—Gracias por cuidar de Ethan tantos años.

Acarició su brazo.

—Ahora puedes dejármelo a mí.

Mi padre, detrás de mí, hizo un sonido extraño.

Probablemente estaba intentando no cometer un delito frente al tribunal.

Ethan soltó una carcajada.

—Déjalo, Vanessa.

Después me miró.

—Isabella siempre ha sido buena perdiendo con elegancia.

No respondí.

Él dio un paso más.

—Aunque, si lo piensas, tampoco te fue tan mal.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—El mayor logro de tu vida