cada vez que lo decía, respondías que querías aprender.
—También quería estar cerca de Adrian.
—Lo sé.
Silencio.
—Ahora ya no.
Mi padre se inclinó hacia mí.
—Si vienes a San Francisco, no será para esconderte de una ruptura.
—No.
—Vas a trabajar.
—Sí.
—Y si no rindes, te voy a exigir más que a cualquiera.
Sonreí.
—Eso espero.
Mi padre extendió la mano.
—Entonces bienvenida a casa.
En ese instante mi teléfono vibró.
Mia, la compañera con quien coordinaba casi todos mis proyectos.
NATALIE.
Después:
VEN A LA OFICINA