Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

convirtió en responsable.

—Soy su jefe.

—Exacto.

Adrian se quedó quieto.

—Eres su jefe.

»No su novio.

»No su hermano.

»No su terapeuta.

»No la única persona del planeta capaz de calmarla.

—Tiene problemas de ansiedad.

—Entonces necesita un profesional.

Respiró.

—Natalie.

—No me molesta que ayudes a alguien.

»Me molesta que cuando te dije “si sales, no vuelvas”, tú decidieras que yo estaba actuando como siempre.

—Porque siempre hacías…

—Celos.

—Sí.

—Discutía.

»Me enfadaba.

»Después te perdonaba.

Su cara cambió.

—Y tú aprendiste la conclusión equivocada.

—¿Cuál?

—Que mis