La de su apartamento.
—Era tuya.
La tomé.
—Gracias.
Después me entregó las dos copas.
Envuelto cada cristal.
La mía.
La suya.
Miré las iniciales.
—¿Por qué?
—La de Sophie se cayó aquella noche.
Fruncí el ceño.
—¿Se rompió?
—No.
—Entonces…
—La tiré.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque dijiste que te daba asco.
Silencio.
—La mía también.
—Eso es un poco dramático.
—Lo sé.
—Entonces estas…
—Son nuevas.
Miré otra vez.
No.
Las iniciales eran las mismas.
—No entiendo.
—Pedí que reprodujeran exactamente las originales.
Me quedé inmóvil.
—Adrian.
—No