necesitaba odiarlo para saber que no era mi marido.
Tampoco necesitaba demostrar que era un monstruo.
No lo era.
Era un hombre inteligente, capaz, generoso en muchas cosas y profundamente ciego en otras.
Me quiso.
Eso también era verdad.
Solo que durante un tiempo me quiso como se quiere algo cuya presencia se da por garantizada.
Y yo descubrí que prefería estar sola antes que ser la certeza cómoda de alguien.
Años después, en una entrevista, me preguntaron:
—¿Cuál fue la decisión que más cambió su carrera?
Esperaban que dijera: