cerraba.
Y por primera vez no corrí detrás.
Al día siguiente hice una maleta.
Volví con mis padres.
Renuncié.
Acepté San Francisco.
Y empecé a construir una vida donde ningún hombre pudiera interpretar mis límites como una escena pasajera.
Porque una mujer no necesita gritar para estar segura.
No necesita odiar para marcharse.
Y tampoco necesita descubrir una infidelidad completa para reconocer que una relación dejó de hacerle bien.
A veces basta una copa de vino.
No por lo que mancha.
Sino por todo lo que, de repente, te permite