Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

cerraba.

Y por primera vez no corrí detrás.

Al día siguiente hice una maleta.

Volví con mis padres.

Renuncié.

Acepté San Francisco.

Y empecé a construir una vida donde ningún hombre pudiera interpretar mis límites como una escena pasajera.

Porque una mujer no necesita gritar para estar segura.

No necesita odiar para marcharse.

Y tampoco necesita descubrir una infidelidad completa para reconocer que una relación dejó de hacerle bien.

A veces basta una copa de vino.

No por lo que mancha.

Sino por todo lo que, de repente, te permite