aquello.
—¿Sobre qué?
—La casa.
Asentí.
—Sí.
Sonrió con tristeza.
—Sigues siendo muy directa.
—He practicado.
Eso casi la hizo reír.
Después volvió a ponerse seria.
—Cuando me casé con el padre de Daniel, yo tenía ahorros propios.
No sabía aquello.
—Se los entregué.
Joyas.
Dinero.
Todo.
Porque mi madre me decía que una esposa no debe guardar nada separado.
Cuando nos divorciamos me quedé casi sin recursos.
La observé.
—Entonces sabía exactamente lo que podía significar perder el control sobre algo propio.
Sus ojos se humedecieron.
—Sí.
—Y quería