Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

escuchó.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que cada vez que menciono vivir juntos pareces prepararte para una batalla legal.

Me reí.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

Señaló alrededor.

—Esta casa es tuya.

—Sí.

—Seguirá siendo tuya.

Esperé.

—Si algún día queremos algo compartido, compramos algo compartido.

Fue tan sencillo que sentí ganas de llorar.

Nathan me miró alarmado.

—¿Dije algo malo?

—No.

—Entonces ¿por qué estás llorando?

—Porque para ti fue una frase normal.

—Laura…

—Déjame disfrutar de mis bajos estándares.

Se rio.

Noah—Nathan se convirtió poco a