familiares. A algunos les ayudaban a continuar estudios; a otros, a presentar documentos sin que el cansancio o la falta de dinero los dejaran fuera.
El primer día de atención, Lidia llegó con una caja de tazas.
—No combinan —advirtió.
Adriana empezó a acomodarlas.
—Nos van a servir.
Sobre su escritorio puso la fotografía de Esteban frente a su constructora. El diploma quedó en una pared lateral.
Meses después volvió al juzgado para acompañar a otra familia. En la entrada encontró a una empleada nueva empujando el carrito de limpieza.