lados. No miró a su padre. Solo al frente, donde las banderas de Estados Unidos flanqueaban el podio de madera, y más allá, al fondo del auditorio, donde las filas vacías se acumulaban como un castigo silencioso.
La última fila tenía un olor distinto. A naftalina y a cuero viejo. Emily se sentó junto a un hombre muy anciano, de uniforme caqui pasado de moda, con la espalda encorvada y las manos manchadas de edad descansando sobre un bastón. El hombre no volteó a verla. Solo dijo, con una voz