su patrimonio.
Sentí un escalofrío.
—Nunca me dijeron eso.
Mi padre bajó la mirada.
—Tu madre aseguró que preferías renunciar a tu parte porque no querías problemas familiares.
Miré nuevamente el documento.
Mi firma.
Mi nombre.
Una renuncia que jamás había autorizado.
—Papá, esto no lo firmé yo.
Él asintió lentamente.
—Eso sospechaba.
Sentí que el mundo comenzaba a girar.
—¿Cuánto valía la propiedad?
Mi padre respiró profundamente.
—Cuando se vendió, aproximadamente un millón doscientos mil dólares.
Me quedé sin respiración.
—¿Se vendió?
Asintió.
—Hace dos años.
Sentí que las