más de ochocientos metros cuadrados donde él vivía completamente solo.
A las siete y cuarto de la mañana se encendió una luz en una ventana del tercer piso.
La silueta de Naomi apareció detrás de una cortina.
Poco después, dos pequeñas figuras empezaron a saltar sobre el sofá.
Preston sonrió sin darse cuenta.
Y entonces se echó a llorar.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había llorado.
Había ganado millones, recibido premios empresariales y aparecido en las portadas de revistas financieras.
Pero aquellos dos niños le estaban