Hacía tanto que no me besaba espontáneamente que aquel gesto, lejos de reconfortarme, me produjo escalofríos.
—Mañana tendrás un día tranquilo, ¿verdad? —preguntó.
—¿Por qué?
—Quería pedirte que pasaras por la oficina para firmar unos papeles.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué papeles?
—Los de siempre. Unos ajustes administrativos. Nada importante.
—Déjamelos y los revisaré.
Su expresión cambió apenas un segundo.
—¿Desde cuándo necesitas revisar lo que te doy a firmar?
Levanté la vista.
—Desde que comprendí que debería haberlo hecho antes.
Daniel me estudió en silencio.
Después