y devastadora que hería más que cualquier bala.
—Lo siento, Maya —susurré mientras las lágrimas me recorrían el rostro—. Lo siento muchísimo.
—Ahórratelo, Arthur —gruñó Sam, quitando el seguro de la pistola con el pulgar. Apuntó el cañón directamente a mi pecho.
Antes de que Sam pudiera apretar el gatillo, los faros de unos vehículos cegaron todo el interior de la nave. Los enormes portones industriales situados a mis espaldas cedieron con un estruendo ensordecedor cuando tres camionetas negras irrumpieron violentamente en el edificio. Las sirenas aullaban; luces rojas…
y