el embarazo.
No preguntó cómo nació Noah.
No preguntó si nos faltó algo.
No preguntó si el niño había sufrido.
Derechos.
Siempre empezaban por ahí los hombres que confundían sangre con mérito.
Respondí:
“Mañana a las diez. Oficina de mi abogado. Puedes llevar al tuyo.”
No respondió durante cinco minutos.
Luego:
“Quiero verlo.”
Miré hacia la puerta del cuarto de Noah.
Estaba entreabierta. La luz de noche dibujaba una línea suave en el pasillo.
Escribí:
“No.”
Esta vez sí contestó al instante.
“Soy su padre.”
Mis dedos se quedaron quietos