al niño.
Alexander me miró.
—¿Especialista?
—No vas a aparecer en su vida como un huracán solo porque ayer te viste reflejado en su cara —dije.
—Es mi hijo.
—Es un niño.
Clara añadió:
—Y hasta ayer, para efectos prácticos, usted era un desconocido.
Uno de los abogados de Alexander intervino:
—El señor Shaw desconocía la existencia del menor.
Clara sonrió.
—Eso no lo convierte en víctima automáticamente.
Alexander levantó una mano para detener a su abogado.
—Quiero escucharlo de ti.
Lo miré.
—¿Qué cosa?
—Por qué no me lo