una brújula antigua por su cumpleaños.
—No es cara —dijo Alexander, casi defendiéndose—. La encontré en una tienda de antigüedades. Pensé que podría gustarte.
Noah la sostuvo con cuidado.
—Me gusta.
Alexander sonrió.
Yo, desde la cocina, fingí cortar fruta.
A los catorce, Noah tuvo su primera gran pelea conmigo.
Fue por Alexander.
—¡No tienes derecho a decidir cuánto puedo verlo!
La frase me dolió porque era parcialmente cierta y parcialmente injusta.
—Soy tu madre.
—¡Exacto! ¡Mi madre! ¡No la dueña de mi historia!
La cocina quedó en silencio.
Noah