llenos de algo que no intentó esconder.
Yo miré a Noah.
Ya no era el niño de traje blanco en el escenario.
Era un joven de hombros anchos, sonrisa contenida y mirada inteligente.
Mío.
Suyo.
Pero sobre todo, de sí mismo.
Alexander no dijo nada.
Yo tampoco.
Había momentos que no debían contaminarse con adultos necesitados de significado.
Esa noche, Noah me preguntó si me había molestado.
—¿Que lo llamaras tu padre?
Se encogió de hombros.
—Sí.
—No.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Te puso triste?
Pensé.
—Un poco.
Su cara