en su interior.
Pero su reacción no parecía la de un desconocido.
El mismo abrazo, con casi tres décadas de diferencia.
Ese fue el detalle que más afectó a María.
Veintiocho años antes, el pequeño gorila se había enroscado a su alrededor porque estaba asustado.
Ahora era enorme.
Poderoso.
Completamente diferente del pequeño animal que una vez había llevado consigo.
Sin embargo, cuando se volvieron a encontrar, utilizó el mismo gesto.
Él la abrazó.
Más tarde, a María le costó explicar qué sintió en ese momento.
Había regresado sin esperar